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martes, 8 de enero de 2013

La ira: ¿buena o mala?




Todos conocemos el enojo o la ira. Basta recordar la última vez que estuvimos molestos o que vimos a alguien molesto... es una emoción conocida. Sin embargo, no es una emoción bien comprendida. Muchas veces se la juzga mal, se le coloca un estigma negativo o se la considera como políticamente incorrecta. Digamos algo al respecto.



Cuando la mente humana percibe una realidad como amenazante o mala, es decir que atenta o va en contra de nuestra dignidad y nuestro ser, se despierta una emoción en nuestro interior conocida con el nombre de “ira”. Esta emoción es una de las más fuertes que existen pues precisamente su función es la de movernos a alejar de nosotros el mal percibido y así defendernos y preservarnos. Es como un motor que nos da potencia inmediata para realizar un trabajo difícil. En este sentido la ira es algo bueno. Es una de las herramientas que tenemos para vivir, crecer y ser felices. 
Pero a veces ocurre que se juzga a priori la emoción de la ira como mala. Las causas de este juicio las dejamos para otra ocasión. Hagamos más bien una distinción que nos puede ayudar a evitar caer en ese error. Una cosa es la emoción que nace inmediatamente al percibir el mal y otra cosa el consentimiento de la voluntad a desear u obrar mal contra alguien. Son dos actos distintos. Sobre el primero no se puede hacer un juicio moral. Sólo el segundo podría ser considerado como un acto humano incluyendo conciencia y libertad y entonces ser juzgado como moralmente malo. En términos un poco complicados pero útiles diríamos que ontológicamente la emoción de la ira es buena, mientras que moralmente puede ser buena o mala dependiendo de la moralidad del acto que acompaña.

Pongamos un ejemplo muy común en la vida urbana. Estás manejando tranquilo cuando de pronto un auto se mete a tu carril de improviso y te obliga a frenar en seco provocando que el auto detrás de ti te choque. Inmediatamente se despierta una emoción en tu interior. La intensidad,  repercusión y manifestación podrá variar de persona a persona. Algunos se bajarán del auto gritando a la persona que los cerró, otros se bajarán sin gritar pero profundamente indignados y otros enfurecidos y con un torbellino de emociones interiores difíciles de describir y controlar. Pero sea cual sea la exteriorización, la experiencia común es la de estar muy enojados. Existe un mal objetivo: tu integridad física ha sido puesta en peligro y un bien material se ha dañado. Ante ello nuestro interior reacciona rechazando ese mal con fuerza. Ese rechazo emotivo se llama ira.

La emoción que se ha despertado en tu interior no es mala moralmente hablando. Es una reacción inmediata e involuntaria. Sin embargo si decides desear el mal a la persona que te chocó o exteriorizar la ira haciéndole daño, ya estarías en otro escenario donde se abre la posibilidad de evaluar moralmente la ira y juzgarla como mala por su participación en el acto de dañar a otra persona. La línea es muy delgada y se puede cruzar en milésimas de segundo, pero no por ello deja de ser una línea real. A un lado hay una ira espontánea, natural y saludable, al otro un acto acompañado de ira dañina y por tanto mala.

Esta distinción es muy importante. No se puede tachar la ira como algo malo a priori. Hacerlo generaría graves desórdenes en el interior y nos quitaría una fuerza importante para el desarrollo personal. Pero tampoco se la puede considerar como algo bueno en todas las ocasiones. Lo que sigue entonces es aprender a conocer, aceptar y expresar adecuadamente la ira… Eso lo dejamos para un siguiente artículo.

jueves, 13 de diciembre de 2012

La alegría de servir

Hoy quisiera reflexionar sobre una de esas realidades que hace más hermosa la vida cotidiana.

¡Cuántas veces hemos experimentado una alegría profunda al hacer un favor, al acercarnos con una sonrisa a una persona triste, al ofrecer un hombro a un amigo que llora, al atender a una persona enferma, al ayudar con nuestro consejo a alguien que sufre, al regalar nuestro tiempo a quien no lo tiene o nuestra presencia a quien la necesita! Recordemos un poco. ¿Qué hemos sentido en esos momentos? ¿Qué sensación se expandió e inundó nuestro corazón? ¿No fue acaso esa cálida y armoniosa emoción que llamamos alegría? ¿Y qué relación misteriosa se entabló con la persona que ayudamos, por más que haya sido un desconocido? ¿Qué fibras profundas del espíritu se despertaron y comenzaron a brillar en nuestro interior y en los ojos del otro?





Y es que cuando servimos ponemos parte de nuestra vida a disposición del otro y eso, por la misteriosa y hermosa naturaleza de la que estamos hechos, nos hace felices. Quien sirve mira al otro. Es el primer paso. No hay servicio sin atención, reverencia y apertura al otro. Y solo eso ya humaniza y alegra una enormidad. Ver al otro significa abrirse a su misterio, a su realidad en el aquí y ahora. Ver al otro significa estar atento a su mirada y dejarse tocar por ella y por la vida que está por detrás. Y luego de mirar al otro nos ponemos a su disposición y buscamos sacar del baúl de nuestro tesoro la joya que más le ayude. Por eso servir es poner una vida en contacto con otra, un tesoro en armonía con otro. Servir es el encuentro entre dos misterios que se abren uno para ayudar y el otro para ser ayudado. Y como fruto de ese encuentro ambos misterios quedan enriquecidos: el que se acercó a ayudar es ayudado y el que se dejó ayudar, ayuda.

¡Y cómo no alegrarnos profundamente al ver el bien que realizamos en el otro, por muy pequeño que parezca o que sea! ¡Cómo no alegrarse ante el bien! ¡Cómo no dejar que nuestro interior salte y baile de alegría al ver el bien en el otro! Creo que la experiencia de haber ayudado a otra persona es una de las experiencias más reconfortantes de la vida. Es una de esas experiencias que nos hacen decir: es hermoso vivir, la vida vale la pena.

¿Qué tal si lo hiciéramos más? ¿Qué tal si lo practicásemos a diario? Y… muy importante: ¿Qué tal si al hacerlo dejásemos que la alegría de servir inunde nuestro interior? Servir al otro, dejarse servir y nutrirse del manantial de alegría que de ello brota. ¡Qué hermoso programa de vida!

martes, 13 de noviembre de 2012

Equilibrio entre afectividad y efectividad



Les presento una pequeña cita extraída del libro Feeling and healing your emotions de Conrad Baars:

«Se puede decir que el “corazón” humano está compuesto de las emociones humanas y ennoblecido por la mente intuitiva. Y su “mente” es su razón, ayudada por sus emociones asertivas.
Un adecuado balance entre nuestro estado de “afectividad” (nuestra capacidad de ser afectados o movidos por nuestras emociones humanas) y nuestro estado de “efectividad” (el estar listos para pensar y actuar eficientemente) determina en gran medida nuestra integridad psíquica, nuestra madurez y nuestra libertad con respecto a disturbios psicológicos, espirituales y emocionales que nos incapaciten.»

Antes de seguir, hagamos algunas aclaraciones sobre los términos que usa el psiquiatra holandés, para poder comprender su frase. Cuando habla de emociones humanas, se refiere principalmente al amor, el deseo y la alegría e incluye también el odio, la aversión y la tristeza. En segundo lugar, la mente intuitiva es aquella capacidad humana mediante la cual se percibe de manera directa la verdad sin pasar por un proceso de razonamiento. La naturaleza, el arte y Dios son sus principales fuentes de conocimiento. Hasta allí las dos realidades que confluyen en el “corazón”. Las emociones asertivas, por su parte son principalmente aquellas que nos estimulan a hacer las cosas difíciles y nos dan energía para nuestras acciones. Entre ellas considera la esperanza, el miedo, la ira y el coraje. Y la razón es aquella encargada de procesar la información recibida por los sentidos y conocer mediante la abstracción y el proceso lógico. Emociones asertivas y razón confluyen en lo que denomina “mente”. Luego de estas breves definiciones, sugiero volver a leer la frase de Baars para comprenderla mejor.

En mi opinión, el equilibrio que sugiere Baars entre la afectividad y la efectividad es un interesante aporte para el desarrollo humano. No pocas veces en mi trabajo como asesor personal me he encontrado con personas que tienen una gran capacidad intelectual y son muy eficientes en lo que hacen, pero tienen un conocimiento, dominio y despliegue muy pobre de sus emociones y de sus afectos. El mundo del corazón les es un poco desconocido e inquietante. Como consecuencia suelen alejarse de él y afirmarse lo más posible en su razón y sus altas capacidades productivas. Las emociones asertivas no son un problema para ellos: suelen ser aguerridos y luchadores.  Pero el mundo de la amistad, de la contemplación de la belleza, de la compasión, de la sensibilidad ante los demás, de la reverencia ante el misterio y del amor gozoso hacia otra persona, son como campos minados o piso resbaladizo para ellos. Y ciertamente se les hace más difícil caminar hacia la felicidad y la plenitud personal.

El otro extremo tampoco es extraño: personas con alta sensibilidad interior, capaces de hacer muchos sacrificios por los demás, de alegrarse y sufrir, de querer y llorar, con una mente intuitiva muy desarrollada, pero con muy poca confianza en sí mismos y poca fuerza para lograr sus metas en la vida. El mundo del trabajo los asusta, los proyectos difíciles o duraderos se vuelven enemigos insufribles, los fracasos los aplastan y la vida termina siendo no pocas veces una cuesta que no pueden escalar.

Así que: ni atrofias ni hipertrofias.  La madurez humana se logra poco a poco con un adecuado y equilibrado crecimiento de todas las potencias y capacidades humanas. Y para que ello suceda es necesario atender y cultivar con esmero cada una de ellas, según las características de cada persona. Sólo un desarrollo humano integral puede ser un desarrollo humano auténtico. 

Gabriel Pereyra.